domingo, 13 de junio de 2010

Montaña rusa de la vida...


Era la montaña rusa más grande que vi en mi vida. Las columnas despegaban hasta el cielo atravesando las nubes. Las vueltas y sobre vueltas eran infinitas, los pies de los suicidas iban por el aire mientras sus hombros eran atrapados por tenazas gigantes.

Siempre le tuve miedo a las montañas rusas. Siempre recuerdo esa montaña vieja de madera apolillada y acero oxidado de algún parque de diversiones ambulante, a la que mis amigos se subían infinidad de veces con gran excitación. Montaña a la que solo me subí una o dos veces con los ojos bien cerrados. Sin embargo, por alguna razón decidí acoplarme en este juego mecánico aterrador, con él. Lo tomé de la mano y le dije: Tenemos que subirnos!

Él le tiene miedo a las alturas, no le gustan. Sin embargo, asintió y me acompañó. Estábamos en la cola al calvario, escuchando los gritos de los torturados. El movía sus pies con velocidad mientras comía su garrapiñada. Lo tomé de la mano, lo miré y le dije, no tengas miedo, estamos juntos. Me creyó.

Era nuestro turno, el empleado nos llevó hasta los asientos. Los arneses de metal nos atraparon y nosotros nos agarramos de las manos. Pronto un empujón trajo el movimiento lento pero continuo. Track, track, track, track. Empezamos a subir hasta perdernos en las nubes. Pronto recordé porque le temía a las montañas rusas. Me sentía suspendida en la nada. Atrapada en el aire. No puedo, me tengo mucho miedo, susurré.

Me escuchó y agarró mi mano con fuerza. Mirame, mirame, estás conmigo, no tengas miedo. No me voy a ir. Voy a estar con vos hasta la última caída. Le creí. Las cadenas nos llevaron hasta la cima de la montaña. Me dejé caer. Él no me soltó. Cerré los ojos con fuerza. Los tirabuzones nos llevaron de cabeza, boca abajo, boca arriba. Lo espíe y logré abrir los ojos. El mundo se me venía encima y él no dejó de mirarme.

Llegamos a la última bajada. La más placentera, esa en donde todos se miran. Ambos estábamos con los ojos muy abiertos. Las cadenas pararon y estuvimos en el piso nuevamente. Soltaron las ataduras y nos abrazamos con fuerza. Las piernas nos temblaban, bajamos emocionados y sonriendo. Corrimos hasta estar muy lejos de esa montaña de hierros.

Si buscás al hombre de tu vida, buscá uno que se suba a una montaña rusa con vos.

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